viernes, 5 de marzo de 2010

noche oscura, noche solitaria, noche lluviosa...

Noche oscura, noche solitaria, noche lluviosa. El agua corría por las calles arrastrando alguna que otra hoja que inútilmente intentaba aferrarse en alguna esquina. Las calles estaban solitarias, era tarde, solo se escuchaba el ruido del agua cayendo con furia sobre mi paraguas. –Dichosa lluvia, porque precisamente hoy tenía que llover- dije mientras andaba veloz por la oscura y solitaria calle.

Saqué mi móvil del bolsillo con mucho cuidado de que no le callera ni gota de agua, mi móvil es como oro para mí. Busqué en la agenda y le di al botón de llamar. Un tono, dos tonos, tres tonos.

- Dime angelillo

- ¿Me abres?, estoy abajo en la puerta

- Si, dame un momento.

No pasó ni medio minuto cuando escuché la cerradura. La puerta se abrió y yo entré en un abrir y cerrar de ojos. Tenía los pies empapados.

-Llueve mucho ¿eh? Me dijo con una sonrisa pícara.

-Bastante diría yo, mira mis pies, les falta algún que otro pez nadando poro ahí. Contesté con cara de pena.

Subimos las escaleras y nada más entrar en la habitación me descalcé y me tiré en plancha de un salto en la cama. Jodidamente cómoda pensé.

La televisión estaba encendida, no recuerdo muy bien que había pero daba igual, no le prestaba mucha atención. Charlamos, vimos unas fotos en su portátil, nos reímos de alguna anécdota y entonces él me besó. Un beso lento, delicado, dulce, largo. Nos miramos y yo sentía como los colores se ponían en mi cara morena. Entonces nos reímos. Entre besos y caricias, nuestra ropa se iba deslizando lenta y cuidadosamente, acabando en el suelo de madera de aquella habitación, nuestra habitación. Alguna de las luces estaba encendida dejando ver nuestros cuerpos desnudos al completo. En ese momento sentí algo que nunca había sentido con nadie. Seguridad, confianza, complicidad. No sentía vergüenza. Que aquel hombre relativamente extraño viera mi cuerpo desnudo no provocaba en mí esa sensación violenta que otras veces me paralizaba por completo y me convertía en un hombre rígido por completo. La noche avanzaba lenta pero a la vez rápidamente. Nuestros cuerpos se entrelazaban uno con otro. Su piel, suave como la seda se rozaba con la mía. Su barba que picaba allá donde posara su cara redonda. Y así, el deseo y el placer se apoderó de nosotros y nos dejamos llevar por la pasión, como un pétalo de rosa que se deja llevar por la corriente algún rio.

- ¡Oh dios, que tarde es! Dije mientras me vestía a toda prisa, no había que olvidar que era viernes y yo no tenía por costumbre salir un viernes noche.

- Te acompaño, ¿vale?

- No no, de verdad, voy yo solo, además está lloviendo a cantaros, te vas a mojar que no tienes paraguas.

- No importa, me apetece acompañarte.

Los dos andamos veloces, casi corriendo, por las calles del pueblo. Era tarde, no se escuchaba ningún ruido de fondo de que no fuera el agua golpeando los tejados. Un poco mojados llegamos a la puerta de mi casa, abrí la puerta del portal y entramos dentro, nos despedimos con un beso, le recordé como se llegaba a la posada por si se perdía y se fue. Yo subí a mi casa, un 3º sin ascensor, estaba cansado, había sido un largo día. Entré en mi habitación, me puse el pijama y me eché a dormir…

Continuará...




jueves, 4 de marzo de 2010

...noviembre 2008

Querido blog, hoy vamos a movernos en el tiempo, vamos a viajar hasta noviembre de 2008. Mes en el que lo conocí, sí, a él, esa persona sin la cual los días pasan difíciles, pero que sin ella no tendría fuerzas para seguir.

- ¿Dónde estás?

- Pasando por Ávila, dirección Plasencia, ¿no?

- Si, te queda media hora más o menos. Cuando entres, verás una rotonda y el cuartel de la guardia civil, lo pasas y me llamas y te indico.

- De acuerdo, en un ratito nos vemos, un beso.

Yo ya estaba temblando de los nervios, me puse como un flan mientras mis amigas me acribillaban a preguntas y más preguntas sobre él. -¿Cómo se llama, cuántos años tiene, donde vive, en que trabaja, es guapo, como lo has conocido…?- preguntas que yo oía pero no escuchaba.

Noté que mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo, lo saqué, miré la pantalla, era él.

- ¿Si?

- Hola, ya estoy entrando, ¿Dónde voy?

- Sigue, gira la rotonda y aparca ahí, voy a buscarte.

Salí corriendo a buscarlo. Nada más salir del bar, tropecé con el escalón. –Vaya, empezamos bien- pensé. Estaba nervioso, muy nervioso, mis manos temblaban desesperadas, mi corazón latía como si fuera a salírseme por la boca y mi cerebro no conseguía articular palabras claras. Por fin lo vi, allí, al lado de su coche. Era un poquito más alto que yo, ojos verdes amarronados, delgado, sonriente, tímido. Me acerqué a él, le di dos besos y mi boca solo pudo decir un simple hola. En ese momento me entró mucho miedo, ángel, que estoy haciendo, no sé nada de él, si es un pederasta o algo, que tengo 17 años, ¡Soy menor! Pero tenía que decir algo, no podía permanecer más tiempo callado, entonces me monté en su coche y nos fuimos a aparcarlo en un sitio más adecuado y nos dirigimos a La posada de doña Cayetana. A simple vista por el nombre podréis pensar que se trata de un sitio viejo, cutre y roñoso, pero no, al contrario, es de lo más lujoso del lugar.

Entramos, pedimos la llave en recepción y nos enseñaron la habitación. Bendita habitación, que belleza, que decorado tan mimado. La señorita que había sido muy amable nos entregó la llave y se fue. Una vez dentro, yo como soy un poco curioso, vale, lo reconozco, soy demasiado curioso, me puse a mirar todo: cajones, baño, armario, terraza… entonces mi móvil suena, y para mayor sorpresa, ¡mi madre! Me puse estérico pensando en que me habían visto. No lo cogí. Me entraron las prisas y me disponía a abrir la puerta cuando me sujetó del brazo, se puso muy cerca de mí y nuestros labios se rozaron. Entonces yo me aparté y guiñándole un ojo me fui corriendo, como un preso al que le dan su carta de libertad.

Continuará...

martes, 2 de marzo de 2010

noche

-¿Vamos a dormir?- me dijo con una sonrisa en la cara.

-Sí, estoy algo cansado- le respondí con una de mis mejores sonrisas. Nos levantamos, apagué el Dvd y la televisión y nos dirigimos a la cocina a por un vaso de agua. Al acabar metí los vasos en el lavaplatos y caminé detrás de él hacia la habitación.

- Yo me pido tu lado de la cama, ¿vale?- pregunté cariñosamente.

- De acuerdo- dijo a la vez que levantaba las sabanas para poder acostarnos.

Una vez dentro yo me acosté mirando por la ventana. Era noche de luna llena, o al menos eso me pareció a mí. Se veía tan hermosa, rodeada por alguna nube sin rumbo fijo, desorientada, sin saber donde va ni de dónde viene.

Él me abrazo por detrás y yo le cogí de la mano por delante, a la altura de mi pecho. Todo era maravilloso, yo estaba feliz, y él parecía estarlo también. Entonces me giré para ponerme enfrente de él y darle un beso, un beso suave, un beso lento, un beso… de dos personas que se quieren.

Besos y después caricias y de nuevo besos, y otra caricia y otro beso…

Noche. Dibujar con una caricia los confines de lo que siente. O intentarlo al menos. Y perderse entre su cuerpo. Y andar a tientas casi en aquel deseo sofocado, tímido, embarazoso, en aquel sentirse desnudar, descubrir que se tiene miedo a atreverse. Pero tener ganas. Tantas. Y seguir adelante así, dejándose llevar por la corriente del placer…